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jueves, 10 de julio de 2014

La primera reunión del grupo “Podemos” en Carmona

Por Manuel Toranzo Montero.
Licenciado de Filosofía.

Hoy es la primera reunión del grupo “Podemos” en Carmona. Lo cierto es que por un compromiso no podré acudir, aunque me hubiera gustado. En todo caso, espero poder enterarme de qué, cómo y quién habló durante dicho evento. Me recuerda un poco a las primeras reuniones del “Frente Cívico”. En cualquier caso, espero que sean justamente lo contrario. Yo acudía a dichas reuniones henchido de fe ante la posibilidad de que se hablará de política en nuestra localidad, sin embargo ahí todo lo más que se hacía era tocarse superficialmente el tema. Además, ciertas ideas hacían su clara preponderancia, imagino que la política se había convertido para los representantes de esos grupos en un asunto casi religioso. Bueno, en rigor, más que la política el apoyo a ciertas medias que se corresponden con ciertas ideologías –vamos lo de siempre-.

¿Qué habría de ser entonces el grupo “Podemos” en Carmona? No debería ser ni más ni menos que un centro para la reflexión política en nuestra localidad. Que los que sepan hablen y expliquen, traduzcan a palabras de román paladino el jeroglífico político. Y eso, en verdad, no es poco. Fichte había ya señalado que la política es declarar lo que es. Pues no es mala empresa la que se podría echar sobre sus hombros el grupo “Podemos” si se plantea dicho objetivo: desnudar, levantar las faldas, al velado y emperifollado cuerpo político actual; quitar el maquillaje y presentarnos lo que sea la política actual en su nuda realidad. Cuando las palabras de los políticos de turno lo que hacen es ocultar, este grupo se plantearía justo la misión contraria: desvelar. Los griegos, con no poca idea, llamaban a la verdad aletheia, o sea, des-velamiento. Al final va a resultar que la verdad es un asunto político, y que como cualquier ciencia la política requiere unas exigencias, unos conocimientos previos que dirijan la comprensión. Ese suelo desde el que se hace política, eso básico que hay que conocer de la política es lo que podría enseñarnos este grupo. En la guerra política dichos conocimientos son como en las sanguinarias los cañones y las armas. Así pues, que vayan fraguando la artillería para el cambio.

Sin embargo, quizá lo mejor, lo más provechoso, lo más laudable y lo que más excelencia moral (e intelectual) demostraría sería preguntarse en serio por la política y su relación con los partidos –como curso introductorio, claro-. A fin de cuentas “Podemos” es también un partido. ¿Se reduce la política a los partidos? ¿Qué relación tienen éstos con la política? Seamos analíticos –o sea, seamos rigurosos y científicos-. La política es todo un horizonte de problemas, un campo siempre preñado de nuevas semillas prestas a germinar. Los partidos son los representantes de las semillas que ya conocemos, son las semillas que ya han florecido y crecido: son la fruta madura de la política, pero no sus raíces. Por tanto, dentro de mundo político los partidos representan el pasado, la tradición que sigue viva. Ahora bien, que la tradición siga viva, no significa que sea la única vida. Es más, al ser parte del pasado, dentro de la vida de la política son lo menos vida que existe, son el geriátrico social. Las ideologías ya descubiertas fueron necesarias en un momento y por eso los hombres del pasado las buscaron, porque sentían en su espíritu como una mutilación endémica que dicha ideología venía a reparar. Por eso, porque no la tenían y las necesitaban las buscaban y sentían su falta como una enfermedad crónica. Se entiende que por su absoluta necesidad fueran capaces de morir por ellas. Nosotros ahora tenemos ya esas ideas, pero nos falta lo más importante para ilusionarnos por ellas, nos falta el necesitarlas –como las tenemos, como estamos cansados de hablar de ellas, de caminar con ellas, ya no sentimos su radical necesidad-. La verdadera política no tiene que ver con los partidos, sino que su fondo sustantivo está mucho más allá de éstos. Para poner un ejemplo claro, reducir la política a los partidos es como reducir el amor al matrimonio –y todos sabemos cómo éstos no están necesariamente relacionados-. Deberíamos, por tanto, buscar políticas para nuestro tiempo y no intentar traspasar las del pasado a nuestro presente.

Así pues, la verdadera actitud política, la de quien verdaderamente sabe que la política es siempre una materia volátil y dispuesta a cambiar, a estirarse, a ensancharse: no se quedará nunca anclada en un partido. Al contrario, estará siempre dispuesta a la revisión de las ideologías, al cambio, a escuchar al otro que quizá haya descubierto un ámbito político esencial que antes se desconocida y sin el cual se hacía imposible el avance. Las ideas políticas no dejan de ser ideas y como tales hay que tomarlas, no como dogmas casi religiosos. Decía un personaje en una novela de Pío Baroja: “Fulano cree en el socialismo como se cree en la Virgen del Pilar”, contra esto es justamente contra lo que hay que luchar, contra esa seriedad religiosa que siempre acecha a la política. Yo eso lo veo cantidad de veces en los que se embozan en una bandera y la toman como una imagen casi mística, sea la bandera de España o sea la bandera de la República, o en los que no son capaces de pensar más allá de las directrices de sus partidos. Estos señores no aman la política, sino que la mutilan, la gangrenan, hacen de ella una cosa limitada, una poquita cosa.

¡Amigos, el secreto está en tener ideas, no en dejar que éstas nos tengan a nosotros! No sería esta mala lección para empezar…

martes, 25 de febrero de 2014

¿Por qué roban los políticos?

Por Manuel Toranzo Montero.
Licenciado de Filosofía.

Se dice, se comenta, se relata allá donde vayamos que nos están quitando el Estado de Bienestar. Lo dice el panadero cuando vas a comprar unas onzas, el peluquero cuando vas a recortarte la cabellera, lo dice incluso el loco que deambula errante por las calles. En fin, el hombre común, de la calle, el hombre normal dice que el Estado de Bienestar lo están matando. Y eso en primer lugar quiere decir una cosa: que no es que por causas naturales, que no es que el Estado de Bienestar esté muriendo él solo, sino que desde fuera hay una fuerza extraña que lo está matando. Pero amigos, tengamos un poco de cuidado con el hombre que compra los libros de Belén Esteban, que visiona los debates de Telecinco y que no hace mucho, rompía los cuadros de Picasso. Su criterio, aunque no sea con mala intención, puede que esté pervertido, que no apunte bien y que parpadee frente a los problemas graves. Quizá debiéramos acoger a nuestro lado a un amigo bigotudo y escuchar su grito –porque Nietzsche no hablaba, gritaba- para orientarnos: la opinión pública no es sino la suma de las perezas privadas. No es que haya que hacer de la crítica algo patológico –eso sería vivir en ruinas-, pero un poquito de crítica es requisito indispensable para que las cosas se nos abran y veamos el secreto que guardan.

Los españoles –y esto hay que decirlo aunque duela- tenemos una cierta tendencia por materializar las culpas. Cuando se perdió Cuba la culpa era de la dupla Sagasta-Cánovas, no de la abulia crónica nacional; la culpa de la crisis es de Zapatero, no de las políticas que venían haciéndose desde Felipe González; la culpa de la privatización que puede llegar al sector educativo es de Wert, no de las reformas que desde años vienen beneficiando a colegios concertados. Parece como si necesitaremos un pedazo de carne para golpearlo. El imperativo español podría ser: si no hay donde pegar no hay culpas. Ahora la culpa de la caída del Estado de Bienestar es de Rajoy. No es que yo quiera restar la parte de culpa que pudieran tener a estos pobres diablos –y muy sesgada sería la opinión del que pensara eso-, que no pueden existir los privilegios fiscales para las grandes empresas y que no puede haber personas muriéndose de hambre mientras a otros les llega el dinero a espuertas es algo que me parece tan de cajón que siquiera lo planteo. Sin embargo, quizá ese comportamiento que tienen los políticos no sea sino un reflejo del comportamiento que calza España desde hace tiempo. Uno de los caracteres que más podríamos resaltar de éstos quizá sea la irresponsabilidad, ese el que más urge, el que más resalta. Miremos nosotros un poco dentro de nuestro corazón, de esa nuez infartada que tenemos a la izquierda del pecho, ¿no tendremos entre la sangre y las válvulas un poquito de irresponsabilidad adherida a la pared muscular?

El Estado de Bienestar se caracteriza por la promoción por parte del Estado de unos servicios sociales que se corresponden con ciertos derechos de los ciudadanos: la sanidad, las pensiones y la educación. El Estado, así pues, nos garantiza esos servicios, se convierte en benefactor y como en un surtidor mágico de éstos emanan espontáneamente. Esa es la parte del Estado, ¿cuál es la nuestra? Deberíamos, siempre que alguien reivindica sus derechos, recordarle que éstos siempre deben exigirse sobre fondo de sus deberes. De lo contrario quedan los derechos como cualidades metafísicas y como en un contexto imaginario y fantasmal. Yo creo que en el Estado de Bienestar nos hemos enterado muy bien de nuestros derechos, pero hemos olvidado fatídicamente nuestros deberes. Tener derecho a la sanidad significa que el Estado gasta un dinero público –un dinero que es de todos- para asegurarnos el tratamiento en caso de enfermedad. Nuestra parte sería, en ese caso, intentar llevar una vida lo más sana posible, o sea, sería nuestro deber –por poner un ejemplos tontos- fumar lo menos posible o llevar una dieta equilibrada. Igualmente, nuestro deber para con la educación es aprovecharla, así que los niños que suspenden estarían falseando esa responsabilidad, o sea, deberían sufrir la reprimenda mínima de pagar el dinero invertido en ellos en la matrícula escolar.

Y es que, amigos míos, el Estado de Bienestar no sale como por generación espontánea de un Gran Benefactor, sino de nosotros mismos, de la responsabilidad con que llevamos a cabo nuestras propias acciones. Hay que intentar no ver en el Estado a un Dios redivivo, señores estamos solos y nuestros actos son los que en última instancia determinan nuestro futuro. Podría pensarse, igualmente, que al Estado del Bienestar lo está matando ese ser demoniaco que es Mariano Rajoy; si ustedes queréis seguir creyendo en brujas crean ustedes. Pero igual que el Estado de Bienestar no surge por arte de magia, no se acaba tampoco por arte de magia. Es la irresponsabilidad generalizada de España, tanto política como ciudadana la que lleva a una situación así. No señores, ni en biología ni en historia es posible la aplicación del lamarckismo.

Agamenón, cuando iba a comenzar la guerra contra los troyanos, dijo a sus tropas: Al que yo vea que por su voluntad lejos de la lucha trata de quedarse junto a las corvas naves, no habrá para él medio de librarse de los perros y las aves de rapiña. ¿Habrá de ser necesario llegar hasta ahí para luchar contra el demonio de la pereza? Si todo es irresponsabilidad y pura farsa, ¿cómo queremos que los políticos sean responsables? Amigos, no creáis en brujas y hadas, en dioses y causas ocultas, la situación política no resultado de una confabulación maléfica –no sobrevaloremos a nuestros políticos-, sino un reflejo de la última antropología española.

jueves, 3 de octubre de 2013

Reflexiones de un viaje a Madrid.

Por Manuel Toranzo Montero.
Licenciado de Filosofía.

¿Con qué tendrá que ver la belleza? Dice Platón que “el amor es procreación en la belleza, tanto según el cuerpo como según el alma”, o sea, bello es lo que nos incita a crear algo, ora un pequeño infante, ora una obra eterna de la literatura como la Odisea. Sin embargo, sobre la belleza se ha hablado mucho y el hombre siente un no sé qué, como una punzada que lo sobrecoge con ella. Digámoslo sin más rodeos, el hombre siente que no sabe muy bien a qué atenerse con ella, que es algo que no llega a entender. Las cosas del mundo, las que estudia la ciencia, pueden contarse. ¿Es acaso la belleza cuantificable? Kant, un hombre cuya red mental ordenaba en compartimentos toda la realidad, nos dice que lo bello lo sentimos cuando nos dirigimos desinteresadamente a un objeto, éste nos agrada por sí mismo y suponemos –no se sabe por qué y esto es lo enigmático de la belleza- que esa misma sensación que ha originado será la propia de todo aquel que se dirija a ese mismo objeto. Así pues, para Kant si vemos un paisaje que nos agrada, no por su comodidad o porque en él da la sombra en una caliginosa tarde de verano, sino por su forma, tenemos que postular que ese mismo sentimiento será algo común a toda la humanidad. La belleza, para Kant, aunque no sea verdad para todos como la de la ciencia, tiene la pretensión de ser belleza para todos, de ser universal.

No hace mucho tiempo estuve en Madrid, visitando a un amigo y pululando, por primera vez, esa escuálida Castilla, donde nunca fueron tan famélicos los galgos como los arbustos, cuyas siluetas en la noche semejan el esqueleto combado como una interrogación de ese español modélico: Alonso Quijano. No estaría de más sacar algunas lecciones del viaje y quizá, entre el humo y el soniquete insoportable de las grandes ciudades, podamos, como arqueólogos, desencriptar las huellas olvidadas de Cervantes. Viene al caso la reflexión sobre la belleza porque la gente, dice, comenta, perora, que la ciudad de Madrid no es bella. Una ciudad industrial cuya gémula principal es la gran piedra lírica del Escorial, que recordaba a Ortega su paisaje nunca olvidado de Marburgo. No obstante a mí me fascina desempolvar los lugares comunes e ir a redropelo de lo que la gente dice, y la gente, cuando dice que la ciudad de Madrid no es bella se coloca, sin saberlo, inconscientemente en la posición kantiana. Dicen: “Madrid no es bella”, pero ¿por qué? Por lo mismo que no es bella la mujer que se cruzan en el metro, o el hombre que vende los períodos en la plaza. Madrid, por tanto, no es bella porque no agrada, porque no hace que nos quedemos alucinados con ella, con su forma, como le ocurría a la figura contrahecha de Marianela o al mítico jorobado que conversaba con las gárgolas de la Nôtre Dame parisina. Partiendo de este supuesto, si lo bello es lo que nos agrada, lo que produce, por así decirlo, en nosotros una exaltación, ¿no serán quizá las más bellas artes las cosquillas y el alcohol? Ambos sin duda nos agradan y, sin duda, sentimos que esa complacencia tiene pretensión de universalidad; quién cuando no le tocan en una zona sensible se mantiene sereno; quién al embriagarse no siente, aunque sea por momentos, una complacencia consigo mismo y con las cosas casi divina. No en vano, Dionisio también era un Dios.

El caso es que Madrid puede que no sea “aparentemente” una ciudad sobremanera bella, pero eso no quiere decir que ignota guarde la joya de su belleza. Como la belleza del amor, que no se deja llevar por las apariencias y busca, tras la superficie, aquello que los otros no ven –no por otra cosa pintan, los que no ven, ciego al amor-, así puede ser la ciudad de Madrid una belleza interior, una belleza abismática, una belleza que no todos pueden ver, como la belleza de los cuadros de Kandinsky. ¿No te preguntarás, lector, qué es aquello que más bello me resultó de la bulliciosa Madrid? Quizá fuera la catedral de la Almudena que se levanta majestuosa sobre un palmo de tierra, cercada en rededor por jardines y estatuas de reyes. Quizá sea esa pequeña modesta maqueta, minúscula, que en su interior se encierra como un secreto y que recuerda lo que pudo ser y no fue. Y es que la catedral de la Almudena es la más humana de todas las catedrales del mundo. Por fuera es de una manera, con sus doce estatuas y su cúpula barroca. Por dentro, más allá de que la cúpula torne gótica, lo que a mí me llamó la atención es esa maqueta que representa lo que pudo ser y no fue, un boceto de la que debía ser. No en vano, quizá ese interior gótico no sea más que un “falso interior”, un exterior –como son exteriores a nuestra intimidad los órganos- si se compara con el proyecto de hacerla que es lo más próximo, lo más cercano, lo más interior que la catedral tiene. No es tiempo de contar la historia de esta imponente catedral, pero ésta, al parecer, no es como debería ser. Esta obra se comenzó pero nunca se terminó, al menos no como se había proyectado. La falta de dinero y el tosco mecanismo burocrático del “vuelva usted mañana” hicieron que el proyecto se quedara a medias y la catedral se terminó como buenamente se pudo.

¿No nos recuerda esto, aunque sólo sea un poco, a la vida que todos nosotros, que cada cual lleva? Por un lado pensamos lo que queremos ser y forjamos como una maquetilla de nosotros mismos, tenemos la pretensión de ser auténticos, de llegar a ser quien queremos. Sin embargo, este deseo de ser quien queremos no siempre se consigue, las circunstancia vitales nos separan, nos diferencian de esa maquetilla, de esa imagen fantasmagórica que de nosotros hacemos. El valor del hombre está en la forma en que se enfrente a ese mundo que le pone obstáculos, en el poder que tiene para fraguarse ese figurilla de sí mismo que es la vocación. El hombre es un animal inconsistente. Todos los demás vienen al mundo con un repertorio de instintos que le dejan poco espacio o ninguno a una auténtica libertad. El tigre es hoy tan tigre como hace mil años. El hombre, por el contrario, poco se parece a su abuelo de la edad medieval y menos aún a su ancestro egipcio. Lo repito: el hombre es un animal inconsistente. Es un animal que no viene al mundo hecho, sino que tiene que hacerse, tiene que darse su ser. ¿Qué sino eres tú, amigo lector, ahora mismo? ¿Eres quizá ese que en la actualidad eres, o sientes en lo más profundo de tu corazón que quieres ser más, que quieres llegar a ser el que anhelas, el que te ilusiona ser? Los animales no hacen carreras; yo conozco a infinidad de gente que no son abogados, pero que quieren serlo, o que no son médicos, pero que quieren serlo, o que no son músicos, pero que quieren serlo. Todos sienten dentro de sí ese afán extático que les lleva a desear elegirse a sí mismo, que les lleva a forjar, dentro del mundo entorno, un recinto de libertad que complete su vocación. La vocación es, quizá, lo más importante que tiene el ser humano, porque éste vive siempre eligiéndose, decidiendo sobre su porvenir, dándose su propio ser, haciéndose a sí mismo. La vida no consiste sino en ese ejercicio, en ese deporte, en ese esfuerzo lujoso con que nos interesamos por lo que no es necesario, biológicamente hablando: por ser un músico, por ser un médico, por ser un escritor. El hombre lleva como una flecha clavada su destino, como una herida siempre sangrante su vocación, aquello que no es estrictamente necesario, se convierte en el centro de su vida, en aquello que la dota de sentido. El hombre es el deportista total porque su vida gravita en algo tan insignificante, a primera vista, como realizar su vocación. ¿Acaso no puede vivir sin ésta, mientras que coma y no enferme no puede vivir tranquilo? En principio es así, pero el hombre, llega un momento, que cuando no le ve sentido a su vida se la quita, por más que tenga la despensa llena. En cambio, el más pobre de los hombres, mientras que sueñe, mientras que tenga esperanza en realizarse, en ser quien quiere ser, jamás se pondrá una soga al cuello.

Esa vocación que deseamos ser, ese destino que nos pertenece y deseamos cumplir, completar, perfeccionar, es lo que a mí me recuerda a la maquetilla que tiene ínsita la catedral de la Almudena. Ella es el recuerdo siempre viviente de lo que pudo ser y no es. Ella es la acusación sempiterna de un destino que no se ha realizado, que se ha quedado en un ensayo, en un intento, en una posibilidad no actualizada. Todos tenemos también ese diablillo dentro de nosotros, esa imagen que nos delata quien pudimos ser y no somos. En ocasiones no es más que una leve modificación que sin remedio tenemos que aceptar porque, al fin y al cabo, no somos dueños del mundo, no podemos controlar lo que pasa. No obstante, en otras ocasiones ha sido nuestra pereza o desidia la que ha dejado las cosas a medias, y lo que pudimos ser se ha quedado en un simple sueño. ¿Quién no ha querido ser a veces lo que nunca será ya, lo que ya no puede ser? ¿Se entiende ahora porque esta insólita catedral es la más humana de todas? Cuando esa negligencia para con uno mismo llega hasta su límite, hasta a hacer que el hombre nunca sea aquel que, en verdad, quería o debía ser, la imagencilla se queda para siempre, como un asta, hincada en nosotros. Nuestro ser exangüe vislumbra a cada paso ese que pudimos ser y no fuimos, y esta imagen nos señala y se ríe de nosotros. Lo que queda es un rostro sombrío, pero no sombrío de nocturnidad o misterio, sino de melancolía, de desgana; un rostro cuyo portador es sólo una sombra del que debía ser, un reflejo pálido, como el que deja la luna en el agua. La importancia de ser el que debemos, el que queremos ser es tal que, sin conseguirlo, la vida pierde toda su tensión y se convierte en un vagar exánime, en un derramarse aerostático: el hombre se convierte en un fantasma de sí mismo.

¿Será bella o no la catedral de la Almudena? ¿Madrid toda, enteriza, será bella? A mí me ha seducido y yo, parafraseando a Platón, he procreado en ella según el alma.

jueves, 4 de abril de 2013

Fenomenología de los desahucios.

Por Manuel Toranzo Montero.
Estudiante de Filosofía.

Hoy, como por ensalmo, me he despertado, desayunado y puesto la televisión (esa especie de máquina de imágenes que van pasando y mientras nosotros nos sentamos cuasi-abúlicos). Por suerte acaba de anunciar el Tribunal Europeo que los desahucios, fenómeno de violencia estatal sobre los ciudadanos de a pie, son contrarios a los Derechos fundamentales de la Unión Europea. Bien es verdad que lo establecido por el derecho poco o nada me interesa pues pienso en que en el campo de la vida los derechos no se establecen desde arriba, es decir, desde ese especie de tribunal metafísico que da leyes, sino que los vemos en su radicalidad cuando tratamos con los otros, cuando nos chocamos con ellos, cuando los vemos sufrir y nos compadecemos, cuando empatizamos con ellos. De esta suerte solo cuando sentimos el “pathos” del otro, o sea, su pasión, su padecer, es cuando vemos un poco más claro, cuando nos sostenemos con una cierta consistencia en el tema de los derechos (y cómo no también de los deberes). En última instancia la vida se vive desde la raíz, desde donde pisan nuestras plantas, o sea, desde abajo, y no desde arriba, desde ese cielo fantasmagórico que no podemos asir. El caso, y esto es por otra parte lo esencial, es que el mecanismo de los desahucios ha sido considerado por el tribunal europeo ilegal pues “no protege al consumidor contra posibles cláusulas abusivas en el contrato hipotecario, al permitir la pérdida de la propiedad y el desalojo antes de que éste pueda ejercitar una acción por daños y perjuicios”. Así pues, nuestro querido país lleva cuatro largos años en los cuales se han producido alrededor de 600.000 desahucios cometiendo el mismo número de crímenes, el mismo número de irregularidades legales. Algunos de ellos con resultados nefastos, algunos de ellos con muertes de por medio, o sea, que nuestra regulación económica ha dejado víctimas en su camino, como si de cáscaras vacías (usando una metáfora hegeliana) se trataran, como si esas personas no tuvieran vida de hecho, como si fueran números, ecuaciones en el cuaderno de cuentas de no se sabe qué maquiavélico ser.

Yo quería que ustedes analizarais este fenómeno, que lo postrarais en vuestra mesa de operaciones y, con el escalpelo bien afilado, se dispusierais a diseccionarlo en sus partículas elementales. Una empresa harto difícil es ésta, intricada y espinosa, pues lo elemental se nos escasa siempre y solo mediante un trabajo interpretativo llegamos a él. Lo elemental no se nos presenta nunca, podríamos decir en todo caso que está com-presente, es decir, presente pero sólo por detrás, como el bosque que siempre está detrás de los árboles, como está el reverso de la manzana detrás de su faz aunque no lo veamos. Coger cualquier cosa, un tapiz, no importa cuál. Un tapiz se compone de hilos, podríamos decir que éstos son sus elementos, pero por más que lo miremos a simple vista los hilos huyen de nuestra mirada, se esconden, pues justamente forman la cosa que es el tapiz. De éste vemos las formas y los colores que están por encima de los hilos, o sea, que utilizan a los hilos como su sustrato, como la latencia a partir de la cual se patentizan. Pues bien vamos a buscar la latencia de esta cosa que son los desahucios, por lo menos vamos a intentarlo, y a extraer sus consecuencias. En primer lugar las entidades bancarias llevan 4 años cometiendo crímenes en toda regla, y no lo digo yo, lo dice el Tribunal Europeo, que de seguro será más autoridad que yo para los incrédulos. Y dentro de esos crímenes los hay de varías clases, por ejemplo, usurpación de la vivienda, ese es el más palpable, el más manifiesto. Pero también las consecuencias que esa usurpación de la vivienda provoca, por ejemplo, que algunos hayan perdido hasta su vida. Paremos mientes, aunque sea brevemente en esto. Porque esto supone que el Estado está permitiendo que las entidades bancarias le quiten a un ciudadano todo lo que en un supuesto “estado bienestar” le han ha dado y que, por casos que ya hemos vivido y experimentado, está permitiendo también que éstos reaccionen ante esta circunstancia extrema de manera extrema, o sea, está permitiendo que se maten a sí mismos, que se sientan no sólo para su familia sino hasta para ellos mismos una molestia, es decir, que se sientan no ya innecesarios, sino aún más perjudiciales como vivos y útiles como muertos. ¡Vaya inversión radical de los términos vitales en que nos introduce el engranaje de nuestro sistema económico! Tenemos más utilidad muertos que vivos porque vivos restamos y muertos, aunque no sumemos, por lo menos tampoco restamos. Este fenómeno, según las conclusiones a que nos está llevando, es, como vemos, un crimen contra la humanidad y contra la vida en absoluto. Podemos decir que es hasta un asesinato indirecto, y esto es, sensu estricto, casi más perjudicial que el asesinato directo. Aquél que mata a alguien tiene una cara y un cuerpo, es un sujeto que se determina a acabar con la vida de otro. Aquí la violencia está como sostenida, cubierta, velada, no hay sujeto que mate sino diferentes formas de presión que acaban provocando que la víctima se automutile. Así pues, mientras que en el asesinato avant la lettre hay un asesino concreto, un responsable; en el indirecto la responsabilidad desaparece, hay un asesino invisible que crea las circunstancias precisas que pueden dar lugar al asesinato. Hay muchas fuerzas de presión pero no hay un asesino al que podamos identificar y decir “Eres tu quien está quitando la vida de nuestro prójimo”. Si yo, por ejemplo, introduzco a un ser humano en una especie de casa del terror donde las circunstancias para desarrollar la vida de una persona son menos que mínimas y donde todo está repleto de peligros, y definitivamente este cae por una trampilla y muere, no podrá decirse estrictamente que yo lo haya matado, pero sí que soy fundamentalmente el que ha provocado de su muerte, que lo he dirigido y como encauzado hasta ella. Esta es la relación que los bancos y su mecanismo guardan con las víctimas mortales de los desahucios, y que podríamos llamar “inversión de las condiciones fundamentales de la vida”, pues “vivir” pasa de ser algo beneficioso a ser nocivo o pernicioso, hasta el punto de que la determinación que muchos llevan cabo para salir de este problema es acabar con su vida.

Esto que voy a hacer ahora quizá no sea políticamente correcto, evidentemente, políticamente correcto para el Estado que viene a definir y a tildar unas cosas con un nombre y otras casi idénticas con otros. Desde que nací llevo viendo una idea que vamos rumiando casi todos los españoles y nos incita a colocarnos dentro del problema vasco en contra de la ETA. Y esto es normal porque ETA, se dice, es un grupo terrorista y como tal un grupo asesino, un grupo que asesina a gente. Yo no digo lo contrario, sino que me gustaría trazar o esbozar las similitudes fundamentales que existen entre los “asesinatos bancarios” y los que éste grupo nacionalista vasco comete. Se les tilda de criminales y claramente en tanto que matan lo son, pero también mata nuestro sistema económico y no veo que por la tele se hable de una suerte de genocidio bancario. El caso es que la ETA asesina por motivos ideológicos, de ahí que la mayoría de sus víctimas están definidas y sean bien políticos o bien policías o guardias civiles que no se muestran a favor de su independencia. No justifico estos motivos, pues me parece que ninguna muerte está ni estará jamás justificada (al menos en teoría). Pero es que dentro de los motivos quizá sean los económicos los más rastreros del mundo, y he aquí que nuestros bancos “provocan” o como decíamos “establecen las circunstancias propicias” para el suicidio de las víctimas por estos motivos. De ahí que el asesinato directo no tenga el menor sentido, estrictamente el asesinato es un daño colateral, algo accidental, al banco no le interesa matar le interesa que su cliente pague su deuda, incluso si para ello es preciso dejarlo en una situación extrema, situación ésta que, según el registro de antecedentes que tenemos, ha obligado a algunos a suicidarse. No tenemos más remedio que ser incorrectos y decir que si bien la ETA, como nos han repetido hasta la saciedad los medios de comunicación y nosotros podemos descubrir a simple vista, comete asesinatos los bancos también y nuestro gobierno lo permite. Así pues ese cuasi-demonio que nos han esbozado desde la política de nuestra sociedad parece que, visto en sus elementos fundamentales, no es muy diferente de nuestro gobierno (¿pasará algo parecido también con el gobierno del ya difunto Hugo Chávez?).

Pero ¿cómo es esto posible? ¿acaso los bancos tienen poder para sacar alguien de su casa y quitársela? Evidentemente no. Bueno no y sí. Lo tienen pero gracias a un grupo de acción que, defendiendo supuestamente la justicia, llevan a cabo sus artimañas: evidentemente me refiero a grupos como la policía y la guardia civil. Como hemos dicho que según el “divino” Tribunal Europeo nuestro gobierno estaba permitiendo la actuación ilegal de los bancos. La actividad policial ha sido en este respecto criminal y, por decirlo así, ha llevado a cabo lo que nuestra regulación económica le mandaba y por tanto ha realizado crímenes. Así pues no extrañe que podamos decir que a este propósito la actividad policial ha sido tout court terrorista. La policía y la guardia civil llevan cuatro años cometiendo actividades terroristas. Pues han venido realizando (y en tanto que realizando respaldando) las actividades ilegales y por tanto criminales que nuestro sistema económico ha provocado. Vemos una nueva inversión de los términos, la policía que en principio tiene que defender a los ciudadanos (de hecho etimológicamente procede de “politeia” que significa algo así como derecho de la ciudadanía y relación de los ciudadanos con el Estado) acaba atentando contra ellos, menoscabando sus derechos individuales e incluso acabando con ellos. Y ellos podrán decir, quizá con gesto circunspecto, que “cumplían con su deber”. Es curioso, justo aquello que testifico Adolf Eichmann, Teniente Coronel de las SS, cuando le juzgaron en Jerusalén por los crímenes nazis.