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viernes, 14 de enero de 2011

¿Qué conviene hacer para crear empleo?

Imagen: Juan Torres López, Catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Sevilla.

Publicado en Claves. Estudio Socio Laboral de Andalucía, 2010

Los economistas neoliberales, las grandes patronales y los políticos que defienden sus postulados insisten continuamente en la idea de que para crear empleo hay que flexibilizar las relaciones laborales (debilitar la negociación colectiva, facilitar el despido y el uso cada vez más versátil de la mano de obra, etc.) y bajar los salarios (directos, indirectos y diferidos).

Eso es lo que se ha hecho prácticamente en todo el mundo en los últimos años y el resultado no se puede considerar positivo. Ha aumentado la tasa de desempleo y es una evidencia que las condiciones de trabajo y de salario de la inmensa mayoría de los trabajadores se ha deteriorado. Hoy día prácticamente el 60% de la población trabajadora mundial está empleada cobrando menos de dos dólares diarios y sin contrato ni protección social alguna. Según las tesis liberales, debería haber pleno empleo en el mundo porque no se concibe que pueda haber condiciones menos onerosas que las que hay para emplear a los trabajadores en la mayor parte de los países del mundo.

Incluso en nuestro país resulta difícil de aceptar esa tesis. Según la OCDE, el salario medio real de los españoles perdió el 4% de su poder adquisitivo entre 1995 y 2005 y, sin embargo, la calidad del empleo es tan baja y la fragilidad de las relaciones laborales tan alta que, en cuanto se ha producido un crisis como la que estamos viviendo, también se ha perdido más empleo que en cualquier otro país.

Frente a la continua insistencia con que se divulgan las tesis neoliberales, es preciso que la ciudadanía tenga claras algunas ideas esenciales sobre el mercado de trabajo y sobre las condiciones que verdaderamente influyen en la capacidad de las empresas para crear empleo.

La falacia liberal

Los neoliberales parten de un supuesto principal: la cantidad de empleo existente en una economía es el resultado de la interacción entre la oferta de trabajo que realizan los trabajadores y la demanda que llevan a acabo las empresas.

Como ocurriría en otros mercados, si el precio de la mercancía trabajo, el salario, es demasiado elevado será muy atractivo para los trabajadores pero poco para los empresarios, de modo que éstos no contratarán a todos los trabajadores que, a ese salario, desearían estar ocupados.

Por el contrario, si se fijara un salario demasiado bajo, los empresarios estarían dispuestos a demandar una gran cantidad de trabajo, pero muchos trabajadores no desearían trabajar por considerarlo demasiado bajo.

En el primer caso, cuando los salarios son demasiado altos, hay exceso de oferta de trabajo, es decir, desempleo, lo que posiblemente llevará a que muchos trabajadores acepten salarios más bajos para poder disponer de un empleo. En el contrario, hay un exceso de demanda que llevará seguramente a que muchos empresarios ofrezcan salarios más elevados. En suma, el propio mercado, si se le deja actuar libremente, dicen los liberales, proporcionará un nivel de salario adecuado y de pleno empleo.

Los liberales dicen que los trabajadores deben o pueden elegir entre el empleo y el ocio. Si el salario de mercado, como en el último caso, es demasiado bajo, dirán los liberales que no les compensa trabajar y que optarán por el ocio. Por eso afirman que el desempleo que hay en nuestras economía se produce porque el salario es demasiado alto y que, por tanto es "voluntario", porque podría desaparecer fácilmente si los trabajadores aceptaran salarios más bajos.

Esta afirmación liberal es tan irrealista que lleva a decir al Premio Nobel de Economía, Robert Solow, que si fuera verdad, cuando hay altos niveles de paro los centros de vacaciones y los campos de golf deberían estar llenos de trabajadores sin empleo.

Esta idea aparentemente tan lógica (y otros supuestos que no puedo desarrollar aquí) es la que permite afirmar a los liberales que lo que habría que hacer para garantizar el pleno empleo sería simplemente evitar que nadie intervenga o que tenga poder para influir sobre el salario de equilibrio, dejar que el mercado fije el salario que iguala a la oferta y la demanda. Por eso reclaman siempre completa flexibilización, nada de salarios mínimos, despido libre, etc.

Su error principal es considerar que el empleo depende solo de lo que ocurra en el mercado de trabajo (además de otros más difíciles de explicar en un artículo de divulgación como este, como el hecho de que en realidad es imposible determinar "una" demanda de trabajo en el mercado, de modo que la tesis cae por su propio peso).

Lo que daña de verdad a las empresas

Por muy bajos que fuesen los salarios a los que se pudiera contratar, es evidente que las empresas tienen en cuenta, sobre todo, los beneficios que pueden obtener empleando a la mano de obra. Por eso, lo que resulta determinante del volumen de contratación no es lo que sucede en el mercado de trabajo a la hora de fijar el salario (y eso suponiendo que el salario se pueda fijar solamente en el mercado de trabajo, olvidando que es la única fuente de ingresos para la inmensa mayoría de la población y que por eso requiere un tratamiento institucional y político ajeno al propiamente de mercado), sino lo que ocurre en el mercado de bienes y servicios. Si una empresa pudiera vender con facilidad y a buen precio su producción no tendría problemas a la hora de pagar los salarios. Y es fácil comprobar que lo que realmente destruye empleo y lo que permite crearlo no es que suban o bajen los salarios (salvo, lógicamente, en casos extremos y por tanto fuera de la consideración normal de los problemas) sino que haya o no demanda suficiente para la producción de las empresas.

Y lo que ocurre, por añadidura, es que los salarios son precisamente una de las variables determinantes del nivel de esa demanda: cuantos más bajos sean, cuanta menor sea la masa salarial, menor será la capacidad potencial que tengas las empresas para vender su producción.

Lo que descubrieron hace casi un siglo empresarios realistas como Ford, cuando decía que todos los capitalistas del mundo eran insuficientes para comprar lo que producían en sus fábricas y por eso aumentaba el salario de sus trabajadores para permitirles comprar los automóviles que producían, lo desconocen las patronales y los liberales de nuestro tiempo.

Por eso sus demandas son tan gravemente contraproducentes: cuantos más bajos sean los salarios más difícil será la creación de empleo suficiente porque la demanda global, la capacidad de crear actividad será más reducida y enntonces las empresas necesitarán menos trabajadores.

Lo que ha ocurrido en los últimos años ha sido precisamente eso. Se han aplicado políticas llamadas "deflacionistas" consistentes en restringir los salarios (directos, indirectos y diferidos) y eso ha limitado la capacidad potencial de crear actividad en el mundo. Las empresas con poder de mercado y que pueden operar en el mercado global pueden obtener mucho más beneficios utilizando mano de obra cada vez más barata, pero al actuar así (disminuyendo el tamaño de la tarta general) expulsan de los mercados a millones de otras empresas que no tienen ni su poder ni su facilidad para desplazarse, destruyendo así actividad y empleo.

Las políticas de las patronales y de los economistas liberales no solo son perjudiciales para los trabajadores sino para millones de pequeños y medianos empresarios (de los que en España depende casi el 90% del empleo total) porque les limita su capacidad de participar en el mercado.

Por eso es tan nefasto proponer ahora en plena crisis que vuelvan a bajar los salarios. ¿Alguien cree de verdad que en la actual coyuntura una empresa va a emplear a más trabajadores simplemente porque bajaran, digamos incluso en un diez por ciento, sus costes salariales si se mantiene la atonía del mercado, si los bancos siguen sin dar crédito, si los mercados están copados cada vez en mayor medida por las grandes empresas que, como operan en el mercado global no tiene problema si el de un país se reduce?

En cualquier caso, todo lo anterior no quiere decir que lo que ocurra en el mercado de trabajo sea indiferente a la hora de crear o destruir empleo. Por supuesto, hay que procurar siempre que haya facilidades para que los empresarios encuentren en las mejores condiciones posibles (localización, formación, versatilidad, etc.,) el empleo que necesitan pero sin que ello tenga necesariamente que derivar el abaratamiento perverso de la mano de obra y, por tanto, en la disminución de la capacidad potencial de crear actividad y empleo.

Lo necesario es combinar la política de demanda que garantice mercados suficientes y capacidad de compra y satisfacción social suficientes y la política de empleo que facilita la contratación sin aumentar el malestar social.Las grandes patronales y los liberales renuncian a esta visión y se empecinan en el abaratamiento del trabajo por una sencilla razón: lo que buscan no es crear más o mejor empleo sino simplemente que la distribución de la renta les sea más favorable. Si lo dijeran claramente al menos habría que reconocer que sus demandas son legítimas pero cuando las revisten de ciencia económica hay que decir que están cometiendo lo que el gran economista John Kenneth Galbraith calificó como un verdadero "fraude" en su último libro.

lunes, 17 de mayo de 2010

Juan Torres y su explicación de la crisis


La Voz de Carmona quiere compartir con sus lectores este video, realizado por el amigo Karcomen, donde se reproduce la conferencia dada por el profesor Juan Torres López el pasado 6 de mayo en la Peña La Giraldilla. Esperamos que sea de vuestro interés.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Zapatero hinca la rodilla

Imagen: Juan Torres López, Catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Sevilla.
El paquete de medidas que hoy ha propuesto el presidente Zapatero en el Parlamento es un paso más y ya bien evidente de la extorsión a la que se enfrenta el gobierno y la sociedad española.
La justificación del paquete ha sido el déficit presupuestario tan elevado que se está registrando y el tratar de evitar que en España suceda lo que ha ocurrido semanas atrás en Grecia.
Con esa excusa se han anunciado recortes en el gasto público, en las prestaciones sociales que suponen un robo infame de derechos y de dinero a miles de discapacitados y dependientes que nunca podrán salir a la calle a protestar contra esta medida, en las pensiones y en los sueldos de los funcionarios, además de retirar el cheque bebé que siendo en realidad una medida muy liberal el presidente presentó en su día como una de las grandes conquistas sociales de su gobierno, todo lo cual será formalmente aprobadas en el próximo Consejo de Ministros. La premura con que se han anunciado hace pensar que se trata de medidas muy improvisadas y que a la hora de aplicarse en concreto sufrirán cambios significativos respecto a su formulación inicial. Aunque en todo caso hay que señalar que ni siquiera se puede considerar que se trate de medidas de gran envergadura. El mayor ahorro de gasto se hace en inversiones que no se han mencionado y que como señalaré enseguida representarán en última instancia disminuciones de ingresos para las empresas.
Y el que supone la reducción salarial no puede considerarse tampoco de una cuantía capaz de reducir significativamente el déficit, por lo que más bien hay que entenderlo como una amenaza, como la expresión de un pulso que los banqueros y la patronal están dispuestos a ganar a los trabajadores y a la sociedad en general. Como el propio Zapatero ha tenido que reconocer, aunque con la boca muy chica, las medidas van a suponer un lastre para la actividad económica, justo ahora que parecía que se estaba recuperando. Sin lugar a dudas van a retrasar la generación de actividad y de empleo y, por tanto, de rentas, así que a la postre puede resultar que en lugar de reducir el déficit hagan más difícil hacerle frente en los próximos años. Y por supuesto traerán consigo una pérdida neta de bienestar grande para los sectores más desfavorecidos.
En el paquete tampoco hay mención alguna a vías alternativas para la obtención de ingresos, se renuncia a políticas impositivas más justas y eficaces que luchen contra la evasión y el fraude fiscal y que obliguen a que los más ricos y, sobre todo quienes han ocasionado la crisis, aporten también su esfuerzo.
Por lo tanto, lo más relevante del paquete de medidas que ha propuesto Zapatero es que en realidad no buscan reducir el déficit y mejorar la marcha de la economía. Para reducir la deuda (suponiendo que eso fuera de verdad lo prioritario para la economía e incluso para los acreedores del Estado español) lo mejor es reactivarla y dinamizar la actividad, no frenarla y limitar la fuerza de los motores que pueden ponerla definitivamente en marcha. Sobre todo, garantizar el flujo de financiación que se cortó por la bancarrota bancaria y del que Zapatero no dice nada y, además de ello, recaudar más impuestos sobre los beneficios extraordinarios que están obteniendo los especuladores y las grandes corporaciones y entidades financieras.
Lo que hay detrás de las medidas de Zapatero no es, por tanto, otra cosa que lo que él mismo ha reconocido implícitamente al responder a los dirigentes de Izquierda Unida: se trata de una imposición de los poderes financieros que lo que buscan verdaderamente es limitar la acción de los gobiernos y de los estados y establecer mejores condiciones aún para rentabilizar su actividad. Y lo que han hecho en esencia es hacer que el presidente del gobierno español ponga rodilla en tierra y se rinda sin condiciones ante ellos.
No asistimos a la puesta en marcha de un plan de reactivación o salvación de la economía Se está cometiendo un chantaje, una extorsión, y por eso lo que verdaderamente está en juego es la democracia, es decir, la posibilidad de que seamos todos los ciudadanos y ciudadanas quienes podamos decidir colectivamente sobre nuestro futuro o solo los ricos y los poderosos.
La salida fácil es acusar una vez más a Zapatero de complicidad y debilidad. No sé si es cómplice o víctima. No podemos saberlo pero la realidad es que en lugar de empoderarse con el apoyo de la ciudadanía para hacerle frente a esos poderes que él mismo dice que se imponen a los gobiernos legítimos (al “terrorismo financiero” de que hablaba su compañero de partido presidente de la Junta de Andalucía) asume sus decisiones y nos las quiere hacer pasar como saludables cuando en realidad van a hundir mucho más a la economía española y a empeorar las condiciones de miles de ciudadanos y ciudadanas. Y además lo está haciendo tan mal que incluso en su discurso de hoy hay errores de bulto (como cuando hace cronología de la crisis) y comentarios que pueden indignar, como cuando dice que "Son los mismos [los ciudadanos] que nada han tenido que ver con el origen, el desarrollo y las fases de la crisis. Son, por el contrario, los que han sufrido sus consecuencias. Y son, ahora, los que mayoritariamente deben contribuir a los esfuerzos necesarios para corregir los efectos de la crisis". Muy pronto los mismos poderes que han presionado para que se tomen estas medidas que son simplemente un modo de arrodillar a los ciudadanos y al que al fin y al cabo es su presidente libremente elegido, dirán que son insuficientes y pedirán más esfuerzos. Y ante ello podemos permanecer en silencio o exigir de una vez que la crisis la paguen quienes la han provocado y que se cierre para siempre el casino financiero. Por eso es necesaria la convergencia más amplia posible de sindicatos, partidos, organizaciones y personas que no quieran seguir siendo avasallados. No hay otra solución.